El plástico, un enemigo ubicuo e invisible
Las partículas de este material ya no se encuentran solo en el mar: están en nuestra comida, nuestra sangre, nuestras casas y hasta en la alimentación de los bebés
Resulta inquietante: la contaminación por plástico ya no pertenece únicamente al paisaje exterior. Durante décadas, el problema se representó con imágenes reconocibles y aparentemente lejanas: océanos cubiertos de residuos, tortugas atrapadas en redes de pesca o playas convertidas en vertederos improvisados. Aquellas estampas de botellas y envases flotando parecían desarrollarse ajenas al cuerpo humano. Pero la crisis ha cambiado de escala y de lugar.
Hoy, los microplásticos aparecen en la sangre humana, en los pulmones, en la placenta, en la leche materna y en alimentos cotidianos. Están en el agua embotellada, en el polvo que se acumula sobre los muebles, en la ropa sintética que desprende fibras invisibles y en los recipientes que se calientan cada día en el microondas. Este material no enfunda la vida moderna: se inocula en ella.
Como afirma la toxicóloga ambiental Jane Muncke, «pensamos en la contaminación por plástico como un problema ambiental, pero, en realidad, la gran isla de basura del Pacífico está dentro de nosotros». Aunque haya sido expuesto como el símbolo definitivo del progreso contemporáneo, este derivado del petróleo ha escalado a amenaza internacional. Ligero, resistente, barato y versátil, prometía comodidad y eficiencia. Permitía conservar alimentos durante semanas y sostener un modelo de consumo basado en la rapidez y la inmediatez.

Pero la percepción social y científica está cambiando a gran velocidad. Los mismos utensilios asociados a higiene y practicidad empiezan a generar preocupación por su capacidad para liberar partículas microscópicas y sustancias químicas potencialmente peligrosas. Lo que se interpretó exclusivamente como una crisis ambiental empieza a percibirse también como un problema global de salud pública.
Greenpeace lleva meses recopilando investigaciones científicas que apuntan en la misma dirección: la exposición a microplásticos y compuestos químicos asociados ya no ocurre únicamente fuera del organismo, sino dentro de él. «Lo que le hacemos al planeta nos lo hacemos a nosotros mismos», resume Julio Barea, responsable de campañas de Greenpeace España. Y no solo lo palpable que termina en vertederos o ecosistemas naturales, sino lo intangible.
Dentro de la comunidad científica también crece la inquietud. El profesor Tracey Woodruff, director del Programa de Salud Reproductiva y Medio Ambiente de la Universidad de California en San Francisco, lleva años alertando de que muchas sustancias químicas asociadas a plásticos interfieren con procesos hormonales y del desarrollo humano. Y la investigadora Shanna Swan, una de las principales expertas mundiales en disrupción endocrina, ha advertido repetidamente sobre la relación entre determinados compuestos presentes en plásticos y el descenso global de la fertilidad.
Los últimos informes publicados por Greenpeace sitúan el foco en varios espacios especialmente sensibles: la comida preparada calentada en plástico, la alimentación infantil, la exposición doméstica a microplásticos y el debate político sobre la reutilización de envases. Todos apuntan hacia una misma idea: la contaminación plástica se ha transformado en una forma de exposición química permanente, ubicua y cotidiana.
« Los niños son especialmente vulnerables porque sus sistemas hormonales están en pleno desarrollo y los disruptores endocrinos del plástico pueden alterarlos de forma irreversible».

Calentar el táper, actividad de riesgo
La escena resulta tan habitual que apenas despierta atención. Una persona introduce una lasaña preparada en el microondas de la oficina, alguien guarda comida recién hecha en un táper antes de meterlo en la nevera o una familia calienta directamente en el recipiente una comida para llevar. Son gestos completamente normalizados que, según las investigaciones recopiladas por Greenpeace, podrían favorecer la liberación de microplásticos y sustancias químicas hacia los alimentos.
El documento Alerta: microplásticos en la comida precocinada, elaborado a partir de 24 artículos científicos, concluye que el calentamiento de envases plásticos incrementa notablemente la migración de partículas y aditivos químicos hacia la comida. El riesgo preocupa especialmente en productos diseñados para calentarse directamente en su recipiente original. Productos que pertenecen a una industria en boga, sobre todo en la generación Z.
«Se genera una falsa sensación de seguridad —sostiene Julio Barea— porque solo garantiza que el envase no se derretirá al calentarse, pero no que sea inocuo para la salud. Que un envase sea apto para el funcionamiento de un electrodoméstico no significa que sea seguro para el cuerpo humano». Las informaciones recopiladas por Greenpeace identifican numerosas sustancias preocupantes en esos envases alimentarios.
Figuran entre ellas los bisfenoles (como BPA, BPS o BPF) utilizados para endurecer determinados plásticos y relacionados con alteraciones hormonales, infertilidad o ciertos cánceres. También aparecen ftalatos, vinculados a problemas reproductivos y alteraciones endocrinas, además de los PFAS, conocidos como «químicos eternos» por su enorme persistencia ambiental.
Y el calor agrava el problema. Los estudios describen un fenómeno conocido como lixiviación térmica: al calentarse, los enlaces químicos del plástico se debilitan y facilitan la migración de partículas y compuestos hacia grasas y líquidos presentes en los alimentos. La combinación entre temperatura elevada, grasas y determinados materiales plásticos genera un escenario especialmente preocupante.
Bastan unas cifras rápidas para entenderlo: una de las investigaciones citadas por Greenpeace concluyó que cinco minutos de microondas en recipientes de polipropileno podían liberar entre 326.000 y 534.000 partículas microplásticas, entre cuatro y siete veces más que en calentamientos realizados mediante horno convencional.
«Calentar el táper en la oficina o tomar café en vasos de plástico con recubrimiento interno son hábitos de alto riesgo totalmente normalizados —señala Barea—. La evidencia científica es ya tan abrumadora que el uso de plástico en contacto con calor debería considerarse una temeridad evitable», concede, sin limitarse únicamente a las partículas microscópicas.
Cada vez más científicos alertan del llamado efecto cóctel: aunque muchas regulaciones evalúan sustancias químicas individualmente, en la práctica, la población está expuesta simultáneamente a mezclas complejas de compuestos cuya interacción podría potenciar efectos tóxicos todavía difíciles de predecir. «El plástico dejó de ser solo un problema de tortugas cuando la ciencia halló químicos disruptores en nuestro propio cuerpo. La crisis ambiental y la sanitaria son hoy dos caras de la misma moneda», concluye Barea.

Contaminados desde la cuna
No termina la inquietud en esas elaboraciones industriales. La preocupación científica aumenta cuando el foco se desplaza hacia los bebés y la infancia. Porque si la exposición cotidiana ya genera desasosiego en adultos, en los primeros años de vida las posibles consecuencias resultan aún más sensibles. «Los niños son especialmente vulnerables porque sus sistemas hormonales están en pleno desarrollo y los disruptores endocrinos del plástico pueden alterarlos de forma irreversible», explica Julio Barea.
El problema comienza en algo totalmente habitual: preparar la leche, calentar un potito, guardar purés en recipientes reutilizables o utilizar vajillas infantiles de plástico. Acciones aparentemente inocuas que implican contacto continuo con materiales capaces de liberar partículas microscópicas y compuestos químicos. Ese calor que multiplica la liberación de microplásticos es decisivo en la comida infantil, ya que suele implicar temperaturas elevadas: líquidos calientes, biberones esterilizados, comidas recalentadas…
También alcanza a cucharas, platos, vasos antiderrame, robots de cocina infantiles, bolsas para almacenar leche y recipientes reutilizables presentes en millones de hogares. «Es muy probable que dentro de unos años miremos el uso de plásticos en alimentación infantil con el mismo horror con el que hoy vemos el amianto», sentencia Barea.
Investigadores de distintos países ya han encontrado microplásticos en placenta humana, leche materna y tejidos fetales. Aunque todavía no existe un consenso definitivo sobre el impacto exacto de estas partículas en el desarrollo infantil, los expertos coinciden en que la exposición es masiva y que las evidencias justifican aplicar el principio de precaución.
Volvemos a los ftalatos y bisfenoles, presentes en numerosos productos plásticos y relacionados con alteraciones hormonales. Algunas investigaciones han asociado determinados niveles de exposición prenatal o infantil con problemas de desarrollo neurológico, obesidad, alteraciones metabólicas o dificultades reproductivas futuras.
Uno de los principales problemas es la escasa regulación. Greenpeace USA recuerda en uno de sus informes que solo una pequeña parte de las sustancias químicas asociadas al plástico está realmente controlada a nivel internacional. La falta de transparencia constituye otra de las críticas recurrentes de científicos y organizaciones ambientales. Los consumidores rara vez saben qué sustancias exactas contiene un envase o qué materiales pueden migrar hacia la comida cuando se calienta.
En el caso de los bebés, la exposición relativa resulta aún mayor. Respiran más aire por kilogramo de peso, consumen proporcionalmente más líquidos y alimentos y tienen una menor capacidad para metabolizar determinados compuestos químicos. Además, gran parte de los productos diseñados para la infancia están fabricados precisamente con plástico: objetos ligeros, resistentes y baratos que forman parte de la vida cotidiana desde el nacimiento.
Greenpeace considera que se ha priorizado la comodidad y el bajo coste frente a la seguridad sanitaria a largo plazo. «La industria del plástico está actuando como actuaron en su día las industrias del tabaco o del amianto: negando evidencias, retrasando regulaciones y desviando la responsabilidad hacia el consumidor», lamenta Barea.
También se respira, se mastica y se lleva en la sangre
Si lo tragamos en nuestra infancia y lo masticamos de adultos, ¿cómo íbamos a librarnos de dormir o ducharnos en plástico? El informe Plastic Household Challenge —publicado por Greenpeace USA en abril de 2025— revela que nuestra propia casa se ha convertido en una fuente silenciosa de exposición constante a microplásticos y sustancias químicas asociadas.
En la cocina
El estudio, basado en encuestas a 3.492 personas en los 50 estados de EE. UU., analiza tres estancias clave: la cocina (ingestión), el baño (absorción cutánea) y el dormitorio (inhalación). Y los datos son contundentes. De media, el 55 % de los alimentos y bebidas que los participantes guardan en su cocina están envasados en plástico. Pero lo más preocupante es quién controla ese mercado: el 100 % de los participantes compraba productos de al menos una de seis multinacionales (Coca-Cola, PepsiCo, Mars, Mondelez, Nestlé y Danone). Además, tres gigantes de la distribución (Walmart, Costco y Kroger) acaparan el 70 % de las compras.
¿Su problema? Esos envases liberan químicos que migran a la comida, sobre todo con calor, grasas o acidez. Y aunque muchos de esos compuestos (ftalatos, bisfenoles, PFAS) están vinculados a cáncer, infertilidad, obesidad y trastornos hormonales, la mayoría no han sido testados para seguridad humana. De hecho, se han detectado al menos 1.396 químicos del plástico en el cuerpo humano.
Uno de los hallazgos más reveladores: el 48 % de los participantes usa envases reutilizables de plástico y el 80 % tiene al menos un producto que anuncia estar envasado en plástico reciclado. Pero, como advierte el texto, reciclado no es sinónimo de seguro. El plástico reciclado puede concentrar contaminantes heredados, como retardantes de llama procedentes de residuos electrónicos. Un ejemplo escalofriante: algunos utensilios de cocina negros están fabricados con ese tipo de reciclaje y liberan neurotóxicos al calentarse.

Cocina (ingestión)
. El 55 % de los alimentos y bebidas en casa están envasados en plástico ➝ Implicación: Migración de ftalatos, bisfenoles y PFAS a la comida, vinculados a cáncer, infertilidad y trastornos metabólicos.
. El 48 % usa recipientes reutilizables de plástico como principal almacenamiento ➝ Implicación: El calor, el desgaste y los alimentos grasos o ácidos aumentan la liberación de químicos y microplásticos.
. Dos veces por semana se ingiere comida o bebida caliente en envase de plástico ➝ Implicación: Un solo café caliente en vaso de plástico puede liberar cientos de miles de microplásticos.
. El 60 % usa tabla de cortar de plástico ➝ Implicación: Puede generar millones de partículas microplásticas al año que pasan a los alimentos.
Y mientras, en el baño…
Pasamos al baño. El 60 % de los productos de cuidado personal se venden en recipientes de plástico, pero solo el 6 % son recargables o libres de este material. Y no es solo el envase: los propios productos contienen ftalatos y PFAS que se absorben por la piel. Las fragancias, por ejemplo, suelen incluir ftalatos como el DEP (disolvente común en jabones y cosméticos), un disruptor endocrino. Hay más: el 57 % de los hogares tiene cortina de ducha de plástico (PVC). Cuando el agua caliente incide sobre ella, libera compuestos orgánicos volátiles y ftalatos que respiramos en un espacio pequeño y húmedo. La exposición es directa y evitable.
Baño

Baño (absorción cutánea)
. El 60 % de los productos de cuidado personal van en envase de plástico; solo el 6 % es recargable o libre de plástico ➝ Implicación: Ftalatos y PFAS presentes en cremas, jabones y cosméticos se absorben directamente por la piel.
Baño (inhalación/contacto)
. El 57 % tiene cortina de ducha de plástico (PVC) ➝ Implicación: Con el agua caliente, libera ftalatos y compuestos orgánicos volátiles en un espacio pequeño y húmedo.
En el dormitorio, también
De lo más desasosegante es el caso de la inhalación. Empleamos hasta el 90 % de nuestro tiempo en interiores, y el polvo doméstico contiene de media un 30 % de microplásticos (unos seis kilos por hogar). El informe señala que el aire interior puede tener concentraciones de microfibras 60 veces superiores al aire exterior. ¿De dónde salen? De nuestra ropa (el 40 % de las prendas son sintéticas: poliéster, nailon, spandex), de las sábanas (35 % sintéticas) y de las moquetas (el 53 % de los hogares tiene moqueta sintética).
Al caminar, al hacer la cama, al vestirnos, esas fibras se desprenden y las inhalamos, llegando —como se ha mencionado— a nuestros órganos. La conclusión es clara: no podemos resolver esta crisis con pequeños cambios individuales. Aunque se puedan llevar a cabo ciertas prácticas preventivas, la responsabilidad recae en las grandes corporaciones y los gobiernos.
Son las empresas quienes deben eliminar los químicos peligrosos y apostar por sistemas reutilizables y no tóxicos. Y los reguladores, tanto nacionales como internacionales (Tratado Global de Plásticos), tienen la oportunidad histórica de reducir la producción de plástico y prohibir las sustancias más dañinas. Mientras, el plástico sigue entrando en tu cuerpo. No desde el océano, sino desde tu propia encimera.

DOMITORIO (inhalación)
. El 40 % de la ropa es de fibras sintéticas (poliéster, nailon, spandex) ➝ Implicación: Se respiran microfibras constantemente; el polvo doméstico contiene un 30 % de microplásticos.
. El 35 % de la ropa de cama es sintética; el 53 % tiene moqueta sintética ➝ Implicación: El aire interior puede contener 60 veces más microfibras que el aire exterior.
GENERAL
. Se han detectado 1.396 químicos del plástico en el cuerpo humano ➝ Implicación: Más de 4.200 químicos plásticos son altamente peligrosos, y la mayoría nunca han sido testados para seguridad humana.

Texto: Alberto G. Palomo Fotos: 5 Gyres Institute, Shutterstock, ilustraciones Buba Viedma