El coste del silencio

Retrato Eva Saldaña, directora ejecutiva de Greenpeace España © Autor / Greenpeace

Durante mucho tiempo pensamos en los plásticos como un residuo visible acumulado en playas, mares o vertederos. Hoy sabemos que el problema va mucho más allá. Los microplásticos están en el aire que respiramos y en la comida que consumimos. En este número abordamos cómo se han colado en prácticamente todos los rincones de nuestra vida cotidiana hasta convertirse en una amenaza invisible y profundamente normalizada.

Poco a poco comenzamos a ser conscientes de que el precio de esa cultura de usar y tirar es mucho más alto de lo que imaginábamos. Y no hablamos solo de hábitos individuales, sino de un modelo basado en producir sin límites y retrasar cualquier regulación que amenace determinados intereses empresariales.

Por eso preocupa cada vez más la reacción de quienes intentan desacreditar o silenciar las protestas frente a esta y otras amenazas ambientales. Esa presión adopta muchas formas, como campañas de criminalización del activismo o demandas judiciales estratégicas —las conocidas como SLAPP— utilizadas para intimidar a periodistas, organizaciones sociales y movimientos ecologistas.

Pero también existe otra vía: endurecer la respuesta policial y judicial frente a la protesta pacífica. En septiembre, once activistas de Greenpeace se sentarán en el banquillo por una acción realizada en el puerto de Sagunto en 2021 para exponer y denunciar una verdad incómoda: la dependencia europea del gas fósil. El Ministerio Fiscal solicita penas de hasta cinco años de cárcel por desórdenes públicos agravados.

Lo que está en juego va mucho más allá de una protesta determinada. Porque cuando alzar la voz frente a la emergencia climática se convierte en un riesgo, el problema deja de ser solo ambiental: pasa a ser también democrático.

Frente a eso, necesitamos más información, más conciencia y más ciudadanía dispuesta a no mirar hacia otro lado y dar un paso adelante. Porque proteger el planeta no consiste únicamente en conservar paisajes o especies, sino también en defender el derecho a protestar y a imaginar alternativas. No podemos permitir que el miedo contamine nuestra democracia de la misma forma que el plástico ha inundado nuestros mares. Silenciar la voz de alarma no borrará el peligro; solo nos dejará más indefensos. Y aunque las presiones son altas, la red de quienes decidimos no callarnos y actuar es cada vez más fuerte: no somos una minoría ruidosa, somos el futuro abriéndose paso.

Texto: Eva Saldaña   Fotos: © Greenpeace