La guerra de las botellas: por qué el retorno de envases divide a España
Greenpeace reclama implantar en España un sistema de depósito, devolución y retorno de envases que ya funciona en decenas de países.
Cada día desaparecen en España 35 millones de latas, botellas y bricks. Algunos terminan enterrados en vertederos, otros son incinerados y muchos acaban dispersos en calles, ríos o playas antes de fragmentarse lentamente en partículas microscópicas. Para Greenpeace, esa cifra resume el fracaso del actual modelo de gestión de residuos.
A pesar de que el reciclaje se haya mostrado como la gran solución al problema plástico, es insuficiente. Es una especie de «placebo para la conciencia colectiva», según describe Julio Barea: «Se ha utilizado para evitar hablar de la verdadera solución: reducir y reutilizar». Por eso, Greenpeace sitúa una de sus principales batallas en el sistema de depósito, devolución y retorno de envases, conocido como SDDR.
Este mecanismo recupera la lógica de las antiguas botellas retornables: el consumidor paga un pequeño depósito adicional y recupera el dinero al devolver el envase vacío. La organización defiende, además, que el SDDR no solo tendría impacto ambiental, sino también económico. Sus cálculos expresan que el despliegue del sistema podría generar más de 14.000 empleos en España y reducir significativamente los costes municipales de limpieza. También se subraya que aumentar apenas un 10 % el uso de botellas retornables podría reducir hasta un 40 % la contaminación marina asociada a estos envases.

La lógica es sencilla: si el envase tiene valor económico, resulta mucho menos probable que termine abandonado en el medio ambiente. El sistema funciona desde hace años en países como Alemania, Noruega o Finlandia, donde las tasas de recuperación de envases superan ampliamente el 90 %. España, sin embargo, llega tarde a este modelo.
Según considera Greenpeace, el sistema actual favorece la producción masiva de envases desechables, mientras buena parte de los costes ambientales recaen sobre ayuntamientos y ciudadanía. «Mientras reciclar es gestionar basura, reutilizar es evitar que esta se genere», sintetiza Barea.
La organización recuerda además que el reciclaje no elimina necesariamente los problemas sanitarios asociados al plástico. Diversas investigaciones han detectado sustancias tóxicas persistentes en materiales reciclados, incluidos retardantes de llama procedentes de residuos electrónicos. Por eso el debate ya no gira únicamente alrededor de cuántos residuos se reciclan, sino de cuánto plástico se sigue produciendo. Greenpeace vincula directamente esa sobreproducción con la expansión de los microplásticos: cada botella abandonada o cada envase degradado termina fragmentándose en partículas diminutas que acaban en suelos, agua, alimentos o aire.
Texto: Alberto G. Palomo Fotos: Unsplash