Crónica de un fuego anunciado
El año 2025 ya forma parte de la crónica negra de nuestros montes. La ciencia dejó de avisar para mostrar con crudeza que el «cóctel perfecto» del desastre -alta siniestralidad, abandono rural, falta de gestión y cambio climático- ya está servido. “El sector forestal y las organizaciones ecologistas llevamos tiempo advirtiendo de que lo que pasó en los veranos de 2006, 2012, 2017 o 2022 volvería a pasar. Y pasó”, afirma Mónica Parrilla de Diego, ingeniera técnica forestal y coordinadora de la Campaña de Biodiversidad de Greenpeace,
La radiografía de lo ocurrido en 2025 es alarmante. Pese a la reducción en el número total de incendios, la voracidad de los que lograron prosperar fue histórica. Mónica Parrilla destaca que la superficie afectada se disparó de forma alarmante. «En 2025, los grandes incendios forestales se han triplicado, pasando de una media de 18 a 60 siniestros de gran magnitud». El dato que mejor refleja este cambio de era es la escala de destrucción, ya que la media de hectáreas calcinadas por cada gran incendio pasó de 1.500 a 6.100. De hecho, ocho de los diez incendios más devastadores de este siglo han ocurrido en el último año, dejando cicatrices profundas en regiones como Castilla y León, Galicia y Extremadura.
Este escenario nos obliga a hablar, no solo de superficie afectada, sino también de severidad. Según Parrilla de Diego, mientras la superficie afectada muestra la intensidad del fuego en activo, la severidad mide el grado de alteración del ecosistema. En zonas como la comarca de El Bierzo o la Sierra de la Cabrera, la severidad del fuego provocó consecuencias muy graves para su recuperación, al sellar los poros del suelo y crear una capa impermeable que impide la vida. «Esto supone la pérdida del banco de semillas y la materia orgánica, generando erosión y una capacidad de regeneración natural bajísima», advierte la experta, que añade que los mapas de severidad son ahora la brújula para planear una recuperación que no será ni rápida ni sencilla.

«En 2025, los grandes incendios forestales se han triplicado, pasando de una media de 18 a 60 siniestros de gran magnitud»
Bulos
Sin embargo, el avance del fuego no solo se alimenta de vegetación seca, también se nutre del ruido y la desinformación que inundan el debate público. Cada vez que el monte arde, resurgen bulos que señalan a los ecologistas o a las normativas de protección como culpables de que «no se deje limpiar el monte». Mónica Parrilla es tajante al desmentir estas afirmaciones. «No es que no se pueda limpiar el monte, es que es obligatorio hacerlo, según el artículo 48 de la Ley de Montes». El problema real no es la prohibición, sino la falta de recursos en municipios pequeños y el hecho de que el 73 % de las masas forestales sean de titularidad privada, muchas veces en manos de propietarios que no mantienen sus fincas o que desconocen sus obligaciones.
Otro de los mitos que Parrilla combate con firmeza es la idea de que el conservacionismo provoca incendios. Para la coordinadora de Greenpeace, es vital distinguir entre abandono e inacción. Mientras el abandono por la despoblación rural hace que aumente peligrosamente la vegetación disponible para arder, el conservacionismo busca una gestión activa en zonas de riesgo y una protección de las masas maduras. Incluso respecto al uso del fuego, la postura de la organización es clara: «Desde Greenpeace, estamos a favor de las quemas prescritas como una de las herramientas de prevención, pero el cambio climático hace que cada vez sea más difícil autorizarlas sin riesgo de incendio dramático».
« El verdadero problema está en la falta de recursos de muchos municipios y en que el 73 % de las masas forestales son privadas, a menudo sin mantenimiento ni gestión activa».

Lección aprendida
La lección de 2025 es que la prevención debe dejar de ser una palabra política para convertirse en una realidad presupuestaria. No basta con apagar las llamas, hay que preparar el paisaje para que, cuando el fuego llegue, no tenga la energía necesaria para convertirse en un megaincendio. Para Mónica Parrilla, la clave reside, primero, en reducir el número de incendios, ya que la mejor extinción es el incendio que no se produce. Y luego, poner en marcha una gestión forestal que proteja la biodiversidad y la economía rural simultáneamente. «La gestión forestal , entre otras soluciones, será una clave para reducir la intensidad de estos incendios que se cobran vidas y destruyen nuestro patrimonio ambiental y cultural», remarca, “porque la prevención social y el cumplimiento de los planes preventivos y de emergencia son asignaturas urgentes que no pueden esperar a la próxima ola de calor”.
¿Está tu casa preparada para el fuego?
Como ciudadanía, el primer paso para no repetir el desastre de 2025 es generar una verdadera cultura del riesgo. Ya no es suficiente con mensajes cívicos de no tirar colillas, también hay que entender que muchas de nuestras viviendas, situadas en la interfaz entre el monte y la urbanización, son vulnerables. La prevención empieza no haciendo fuego sin autorización (ni quemas para rastrojos, ni barbacoas) ¡Es un delito!. Tampoco realizando actividades que puedan generar chispas, como meter maquinaria en época de riesgo. Además, es fundamental realizar franjas de seguridad y conocer los planes de emergencia local “y si no los hay, exigirlos”, recalca la portavoz de Greenpeace..
Para ayudar en esta tarea, Greenpeace pone a disposición su calculadora de riesgo de incendios, una herramienta sencilla que permite autoevaluar el riesgo de incendio de tu vivienda para que cada persona sea consciente de su exposición y pueda actuar antes de que el humo aparezca en el horizonte.
Texto: Carmen Lago Fotos: © Pedro Armestre / Greenpeace