El oasis de asfalto
Una guía para entender y construir refugios climáticos en la ciudad
El concepto de refugio climático ha dejado de ser una propuesta teórica para convertirse en una infraestructura de salud pública de primera necesidad en nuestras ciudades. Un refugio climático se define como un espacio diseñado para ofrecer condiciones de confort térmico durante episodios de temperaturas extremas. Sin embargo, para Elvira Jiménez, responsable de adaptación al cambio climático de Greenpeace, debemos ampliar esta definición. «Hay que entender los refugios climáticos no solo como espacios de respuesta ante una emergencia, sino que tienen que ser realmente espacios de cuidado de la ciudadanía, comenzando por las propias viviendas, y de encuentro».
No se trata simplemente de un lugar de exterior o interior con temperaturas más confortables, sino de un entorno accesible y seguro que actúa como escudo para los colectivos más vulnerables. El objetivo es «aprovechar esta necesidad que tenemos de adaptarnos al calor extremo para transformar en positivo el entorno urbano y crear espacios de cuidado comunitario».

La anatomía del confort térmico
Para que un lugar pueda ser considerado como un espacio de confort térmico, debe reunir características técnicas y sociales que garanticen su eficacia. En el exterior, la clave es una cobertura vegetal de calidad, que fomente también la biodiversidad local. En interiores, la temperatura debe rondar los 26 grados, pero la infraestructura física es solo el principio. «No hay que focalizarse solamente en que tengan la temperatura adecuada, sino que sean espacios cómodos, gratuitos, accesibles e inclusivos que tengan en cuenta distintos tipos de discapacidades y perfiles de la comunidad».
La presencia de agua potable y zonas de descanso es fundamental para combatir el calor. Para Jiménez, «estos lugares deben ser refugios de vida comunitaria en los que se puedan realizar también actividades para que todo el mundo se sienta a gusto y bienvenido más allá de la situación de emergencia».
«El lujo del futuro no debería ser el aire acondicionado, sino una red urbana de protección térmica».
Mapear la desigualdad

La construcción de estos refugios requiere un diagnóstico profundo para identificar los puntos de mayor vulnerabilidad al calor extremo, considerando no solo temperaturas sino factores sociales. La responsable de adaptación al cambio climático de Greenpeace propone que «no solo hay que hacer un mapa de calor de dónde están las temperaturas más altas, sino de dónde está la población más vulnerable».
Según esta profesional, la estrategia debe ser integral. «Hay que hacer un mapeo que superponga factores como la edad, enfermedades preexistentes o discapacidad, las condiciones de las viviendas o la renta con las temperaturas. Esto nos dirá dónde hay que priorizar las medidas», señala Elvira Jiménez. Un buen ejemplo a imitar, añade, podría ser el objetivo que se ha marcado la ciudad de Barcelona, donde se ha planificado un refugio climático a 10 minutos de cualquier persona, garantizando así la igualdad en la cercanía a los mismos, aunque aún hay limitaciones en cuanto al acceso, por ejemplo, por restricciones de horarios.
Ante esta heterogeneidad de normativas y planes locales, Jiménez recomienda consultar los canales oficiales de información de su ayuntamiento para verificar si su localidad cuenta con una red de refugios identificada y habilitada.
«No se trata simplemente de un lugar de exterior o interior con temperaturas más confortables, sino de un entorno accesible y seguro que actúa como escudo para los colectivos más vulnerables».
Participación y cogestión urbana
Para que estos espacios no sean parches temporales, la participación ciudadana es el motor del cambio. No se pueden diseñar solo desde una perspectiva técnica, «hay que integrar en el proceso de diseño el conocimiento que tiene la gente de sus propios barrios para saber las necesidades que tienen y dónde están los espacios con mayor utilidad».
Uno de los grandes retos es su mantenimiento y apertura, especialmente en horas críticas o fines de semana, cuando muchos centros públicos cierran. La solución propuesta pasa por la gobernanza participada. «Se pueden proponer estrategias de cogestión con las comunidades de vecinos, por ejemplo, para facilitar la apertura de los espacios».
En definitiva, el lujo del futuro no debería ser el aire acondicionado, sino una red urbana de protección térmica, desde las propias viviendas hasta el espacio público, utilizando la naturaleza como herramienta clave y la comunidad como motor . Solo así pasaremos de ciudades de asfalto a ciudades justas y habitables que cuidan de sus vecinos.
Texto: Juanjo Moreno Fotos: Shutterstock / Unsplash