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Madera de sangre

“Las reservas están siendo completamente saqueadas. La gente está muriendo”. Antonio Fernandes vive en una de las áreas protegidas en el noroeste de Brasil. En los últimos años, su sustento económico se encuentra amenazado. Pero también sus vidas.

De un tiempo a esta parte, el discurrir cotidiano de Antônio ha estado marcado por amenazas y encuentros inesperados con madereros ilegales. Hasta hace poco, se ganaba la vida cosechando látex de los árboles de caucho, pero en los últimos dos años su ruta diaria entraña peligro de muerte. Ahora ya no puede acceder al bosque y ha tenido que recurrir a otras fuentes de sustento. Como él, Giselda Pereira, residente la Reserva Extractiva Massaranduba, ubicada en la misma zona, recibe amenazas constantes: “El malo siempre gana. Mientras ellos sean libres, nosotros somos prisioneros. Nos hemos convertido en rehenes del miedo y la violencia”, se lamenta. A pesar del riesgo, Giselda continúa denunciando la tala ilegal y la deforestación: “Estoy orgullosa de cuidar el bosque”.

La codicia de los madereros interesados en los recursos de la zona, que contienen especies de alto valor comercial como ipê, jatobá o massaranduba (maderas ampliamente utilizadas en la fabricación de mobiliario, suelos y muebles de jardín), está tiñendo la Amazonia de rojo sangre.

Impunidad en los crímenes

El pasado 19 de abril, cuatro hombres armados con cuchillos, machetes, pistolas y rifles se adentraron en la selva por una carretera secundaria del distrito de Taquaruçu do Norte, en el Estado de Mato Grosso. Su objetivo era matar y aterrorizar a la población local. El escuadrón de la muerte, conocido como los “encapuchados”, torturó y ejecutó a los colonos que vivían a lo largo de un camino de 10 kilómetros. En total, nueve personas fueron asesinadas.

© Marizilda Cruppe / Greenpeace

Un informe publicado por la organización, Madera manchada de sangre: violencia y robo de madera amazónica, denuncia que Alemania, Francia, Holanda, Dinamarca, Italia, Bélgica, Estados Unidos y Japón han importado madera tropical de esta zona de la selva amazónica. “En este contexto y con estos escenarios de violencia, es imposible confiar en el origen de la madera brasileña, porque la cadena está totalmente contaminada”, asegura Batista.

Brasil es actualmente el lugar más peligroso del mundo para los defensores y defensoras del medio ambiente, según la ONG internacional Global Witness. Hasta finales de septiembre de 2017, 61 personas habían sido asesinadas en el medio rural, el mismo número que en todo 2016. El 79% de estos asesinatos ocurrió en la Amazonia legal, según una encuesta de la Comisión Pastoral de la Tierra (Comissão Pastoral da Terra – CPT), una organización brasileña de derechos humanos.

La impunidad y la falta de seriedad del Gobierno de Brasil en la lucha contra la tala ilegal crean un ambiente propicio para el caos en la región

El misionero Elizeu Alves lo ha sufrido en su propia piel: los madereros intentaron asesinarlo, pero él sobrevivió. Elizeu recibió un disparo mientras conducía en moto por la ciudad. “Todavía tengo la mochila que estaba usando ese día con tres agujeros de bala”, dice. “Eso sí: me tuve que llevar de aquí a mi nieta de cinco años. Tenía miedo de lo que le pudieran hacer, porque mandan ‘recados’”.

La mayoría de la madera ilegal procede de áreas donde no está permitida su tala, como zonas protegidas, territorios indígenas y tierras públicas, lo que alimenta la violencia relacionada con la explotación forestal en las zonas rurales. El informe de Greenpeace exige al Gobierno brasileño que garantice que la madera amazónica se extrae de acuerdo con las leyes vigentes y con pleno respeto a los derechos legales de los pueblos tradicionales. Además, pide a las autoridades competentes de los países importadores que investiguen a las empresas denunciadas y tomen las medidas adecuadas.

“Mientras la venta de madera manchada de sangre sea legal, las personas que están en primera línea del frente de la protección de los bosques continuarán sufriendo las consecuencias directas de la violencia”, asegura Miguel Ángel Soto, portavoz de Greenpeace España.  A la espera de que esto ocurra, la vida y la muerte conviven cada día en la Amazonia brasileña. “Nos están invadiendo y nadie hace nada. Todo está deforestado. Algunas partes incluso quemadas. Y siguen llegando. Si esto no cambia, en dos años la reserva estará arrasada. Y no sé si yo estaré vivo”, concluye Antonio.


Más rentable que la droga

© Marizilda Cruppe / Greenpeace

En agosto de 2017, la Policía Federal de Brasil arrestó a los miembros de una banda organizada que había obtenido beneficios por valor de más de 20 millones de reales brasileños (unos 5,2 millones de euros) por la tala ilegal en áreas forestales protegidas y tierras indígenas del estado. Entre los detenidos, había empresarios locales y policías militares. Las conexiones entre políticos y las pandillas madereras ilegales son comunes en la zona, asegura Daniel Lobo, fiscal federal en Porto Velho, capital del estado de Rondônia, que trabajó en el caso: “En esta región, la tala es más rentable que el negocio de la droga. Y con mucho menos riesgo”, asegura.

Según Lobo, la madera talada se transporta al sur de Brasil, más industrializado, o al extranjero. Al igual que el informe de Greenpeace, Lobo culpa de esta situación al fraude masivo en el sistema de autorización forestal brasileño (que permite la extracción de madera de áreas reguladas mediante planes de manejo forestal) y al monitoreo (que asegura la identificación de empresas que compran y venden madera desde el bosque hasta el consumidor).

Las denuncias vienen también de fuera del país. Expertos humanitarios de la ONU ya advirtieron en junio de que “los derechos de los pueblos indígenas están siendo atacados en Brasil”.